Partes de la fábula

Terencio y sus comentaristas, incluyendo a
Aelius Donatus, en una edición del siglo XV.

Jorge Ávalos


Según la preceptiva clásica, siguiendo muy de cerca la teoría aristotélica, la fábula (la historia) se divide en cuatro partes: prótasis, epítasis, catástasis, catástrofe. Esta estructuración narratológica no la formuló Aristóteles en su Poética, sino Aelius Donatus (maestro de San Jerónimo) a mediados del siglo IV después de Cristo en su tratado De la comedia y la tragedia, en la que se menciona El arte poética de Horacio pero se ignora la Poética de Aristóteles. De hecho, hay que notar que fábula es un término latino, el equivalente del griego mythos, y designa al relato, la historia, y por extensión la estructura narrativa del drama.

Donatus, un reconocido comentador de Terencio, es el primero en sugerir que una función de la exposición al principio de la obra (la prótasis) consiste en “ocultar información con el fin de crear suspenso”. Aunque fue olvidado, su influencia es considerable. En el renacimiento su estructuración fue adoptada e integrada a las poéticas preceptivas del clasicismo, como se puede constatar siguiendo la trayectoria de sus ideas en España. En su Philosophía Antigua Poética (1596), Alonso López Pinciano clasifica así las divisiones de la tragedia griega clásica: “la tragedia recibe según su cantidad, tres maneras de divisiones, la una, como tragedia, propia, en prólogo, episodio, éxodo y chórico; la otra común, como especie de fábula, que es en otras cuatro: prótasis, epítasis, catástasis, catástrophe; y la otra, en la cual comunica también con la comedia, que es en cinco actos, que se dizen las porciones mayores en que divide la fábula para ser representada.” En la epístola XXI, dedicada al Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega, incluida en Primus Calamus (1668) de Juan Caramuel, se definen así las partes de esta organización de la trama: “los antiguos dividían la comedia en cuatro partes llamadas prótasis, epítasis, catástasis y catástrofe. En la primera se proponía lo que había de hacerse; en la segunda se avanzaba la acción; en la tercera, tanto se enredaban los argumentos y enmarañaban los lances, que se se tornaban en un laberinto sin salida; en la última se concluía el drama con alguna solución inesperada”. Tratados posteriores, como el Theatro de los theatros (1690) de Francisco Bances Candamo, que es la última preceptiva del siglo XVII, omitieron el término catástasis, incorporando su significado de complicación o enredo a la epítasis.

Esta terminología fue objeto de burla en boca de Don Hermógenes, un personaje que representa la pedantería intelectual en la obra de teatro La comedia nueva o El café (1792) de Leandro Fernández de Moratín. Lo que se infiere de la tenaz pedantería de Don Hermógenes es que el apego fiel a una estructura clásica no garantiza la calidad de una obra, como lo recordaría Marcelino Menéndez y Pelayo en su ensayo Horacio en España (1877): “¿Pero qué ha de enseñar cierta casta de estética sino a perder y estragar el gusto con ridículas pedanterías, y a discutir eternamente sobre cosas que no se conocen o se conocen mal? ¿Qué han de decir de la belleza unos hombres que comienzan por destrozar el estilo y la lengua en sus discursos, pesados, impertinentes y empalagosos, en vez de escribir de tan altas materias con la artística perfección platónica, o con la de León Hebreo, Castiglione y nuestros místicos? ¿Cómo he de creer yo que la Venus Urania ha aparecido sin cendales ante esos sabedores de estética, llenos de Hegel, de Vischer y de Carriére, que en vez de preguntar, como el sentido común y los antiguos, ¿Esto es bello?, ¿por qué?, proponen y no resuelven jamás problemas de esta guisa: ¿esto es idealista o realista ?, ¿están armonizados lo subjetivo y lo objetivo bajo un principio superior?, ¿la idea ha llegado a encarnarse en la forma pura desde el primer momento de la inspiración?, ¿cuántas finalidades podemos distinguir en esta obra?, ¿cual es su sentido esotérico? ¡Y luego nos reímos de D. Hermógenes cuando defendía El Gran Cerco de Viena, por haber, en aquella obra famosísima, prótasis, epítasis, catástasis, catástrofe, peripecia y anagnórisis! Y, sin embargo, era mala, como puede ser malísima, detestable, una obra muy idealista o muy realista, en que se armonicen lo subjetivo y lo objetivo, y se compenetren la idea y la forma, y haya gran lujo de finalidad y de sentido esotérico. Desengañémonos: el que a su modo no siente y percibe la belleza, no nació para comprenderla.”



© Jorge Ávalos

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